Daños colaterales en la primera infancia



Por la Lic. en Psicología Cecilia Zambra


Cuando el mundo entero fue sacudido por los avatares de la pandemia, nos encontramos en modo supervivencia, priorizando el aislamiento como forma de resguardo, convirtiéndose en el único lugar donde estar a salvo. Tíos, vecinos, amigos, abuelos, maestros y hasta los médicos, la peluquera, los maestros y el panadero podían ser posibles enemigos.


Los niños y niñas en este maremoto de incertidumbre, pasaron de ser los vectores temidos por los adultos hasta los más inofensivos y menos afectados por las secuelas físicas del covid 19. Esto aumentó el distanciamiento hacia los vínculos cotidianos de cuidado, afecto y

seguridad.


En estos meses, que nos separan de aquel 13 de marzo de 2020, lo más impactante fue el cierre de los espacios que solía habitar la infancia: plazas, parques, escuelas, clubes deportivos, espacios de recreación, terapias, casas de amigos y parientes.


La desoladora ausencia de los otros y otras fue tomando cada espacio y lo fuimos reemplazando por pantallas como casi la única vía de comunicación y portadora de experiencias dentro de un espacio físico reducido, con poca o nula interacción con la naturaleza para una gran porción de la infancia.


Quienes acompañamos a niños, niñas y adolescentes desde nuestro rol profesional, intentamos estar cerca pese al desconcierto que nos tomaba día a día y fuimos detectando situaciones de violencia intrafamiliar, desbordes emocionales, ansiedad, miedos, angustia, falta de redes educativas y de crianza.


Los adultos referentes estaban muy irritables y desconcertados.Tomados por la inestabilidad laboral, emocional y el miedo... y esto fue caótico.


A mediano plazo nos encontramos con secuelas directamente relacionadas con la falta de experiencias sociales y estímulos culturales de las que fuimos privados, ni que hablar de los niños y niñas menores de 5 años para quienes este lapso de tiempo fue clave en su desarrollo.


Y esta falta de oportunidades trajo consecuencias en el desarrollo integral, no solo tiene que ver con el cierre de las clases presenciales, sumar, leer, también me refiero a las experiencias sociales, esos aprendizajes que se desprenden del intercambio y de la convivencia.


Los cumpleaños, la plaza, observar a la señora que pasea a su perro, las charlas con el guarda del bus, la juntada con primos a jugar, el espectáculo de títeres en el club del barrio, las pijamadas, fueron tachando una a una de las opciones cotidianas. Ese vacío de experiencias trajo consecuencias en el aprendizaje, en la decodificación del mundo que nos rodea, en la experimentación con otras y otros que es vital, fortalecedora y estructurante.


Sedentarismo, dependencia de las pantallas, ansiedad, temor, etc. El lenguaje es una adquisición que se construye a partir de la interacción social, del juego compartido, la imitación, de experiencias sensoriales como escuchar, observar, decodificar y también tuvo una barrera visual que llegó para quedarse, el barbijo. El rostro, la mirada, la boca, los gestos son fuente de señales lingüísticas y emocionales que son la base de la comunicación. Es notorio cómo los procesos de adquisición del lenguaje se han visto enlentecidos, afectando a todas las poblaciones pero sobre todo a las más vulnerables económica y educativamente hablando.


Los efectos a largo plazo, los iremos descubriendo con el paso del tiempo pero mientras tanto la infancia necesita volver a las experiencias sociales que son el resorte de los aprendizajes, regresar a habitar los espacios compartidos, con tiempo para que retorne la confianza de compartir con otros y otras, pero sin pausa mientras podamos y así estaremos

enriqueciendo este reservorio de vivencias que es la vía más humana que tenemos.


Lic. en Psicología

Cecilia Zambra




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